A las chicas nos la pueden jugar diversas cosas: el depilado casero (cuando sales a la calle, despues de depilarte, tienes más pelos), la silkepil (al día siguiente ya acechan de nuevo), las puntas abiertas del pelo (vas a la pelu y a los dos dias vuelveeen) y... Y LAS PINZAS.

Tú compras unas pinzas, mayormente en el chino, y llegas a casa con miedo, no vamos a negarlo. Abres la caja plasticosa con parkinson en los dedos, y no es para menos. Las sacas con música de suspense de fondo y alzas el aparato. Lentamente lo acercas a tus cejas-bigote, lo que más rabia te dé. Pero todo esto lo haces con los ojos cerrados, sin querer avaluar nada. Coges un pelo y esperas la sentencia.

Llegados a este punto SÓLO pueden escucharse dos frases:
- JODERRRR, QUÉ BIEN VANNN, si es que me arrancan hasta la piel, podría incluso quedarme leprosa. ¡¡Qué buena elección he hecho!! ¿Tengo algún trono por aquí para dejarlas?
- PERO QUÉ MIERDA ES ESTA, ¡¡si no arranca el pelo ni a la de 3!! Que me está saliendo hasta un salpullido por la culpa de las pinzas del chino este. Anda que le voy a volver a comprar otras...

Y sí, chicas, sí. La mayoría de veces, por santa desgracia, nos encontramos ante la frase número 2. Pero eso no nos frena las ansias de comprar más: es básico tener más de una porque las pinzas, al igual que las cucharas y los calcetines, van siempre a dimensiones paralelas. Y nadie quiere ir con mostacho a la calle.

Recordad amigas: quien tiene una buena pinza, tiene un tesoro.